viernes, 27 de septiembre de 2013

TALLER 3

UNA EXPERIENCIA PARA LA FORMACIÓN CONTINUA  DEL PROFESORADO

Margarita Moreno. Psicóloga, Psicoanalista

Nuestra propuesta tenía como objetivo generar un dispositivo para la  circulación de la palabra. En las sesiones, mediante asociación libre, sin contenidos preestablecidos, los participantes hablaban espontáneamente de sus preocupaciones sobre el quehacer diario y en cada sesión se trabajaban algunas de las preguntas que se suscitaban.

Se construyó así  un espacio compartido en el que el relato de la práctica permitía su elaboración y, con ello,  la transformación en  experiencia, pues este  momento posterior a la acción hace posible pensar en los efectos de la misma.

Promover y sostener  esta función  a la que hemos denominado de “des-ocupación del saber”, por la cual se hace énfasis en el hecho de que ningún componente del grupo da respuestas “ya sabidas” sobre  cómo los demás deben actuar, era una de las principales tareas de la coordinación.



UNA EXPERIENCIA PARA LA FORMACIÓN CONTINUA  DEL PROFESORADO

Margarita Moreno. Psicóloga, Psicoanalista

El trabajo  que quiero presentarles se desarrolló durante dos cursos escolares en el centro Matilde Casanova. No me voy a detener en las características del alumnado y otras referencias de contexto que ya han sido expuestas por la Orientadora, aunque más adelante detallaremos cómo describen los docentes las dificultades con las  que se encuentran.

A propuesta de la orientadora y tras pasar a los docentes un breve cuestionario sobre sus preocupaciones y la disponibilidad o no a participar en un espacio de reflexión sobre las mismas, se comenzó el curso 2009-10 un grupo de trabajo, al que se adscribieron 17 personas. La actividad se desarrolló 1 vez al mes, durante dos horas, en un periodo de 8 meses. Este mismo formato se repitió el segundo curso, 2010- 2011, inscribiéndose 15 personas, de las cuales 6 ya habían participado el año anterior.


Ø    ¿Qué problemas destacaron los docentes en el cuestionario previo?

La elaboración del informe de la Orientadora destacaba las siguientes dificultades.

 En el alumnado:
* Alta desmotivación para el trabajo escolar.
* Falta de hábitos de trabajo, estudio y lectura.
* Frecuentes faltas injustificadas de asistencia a clase.
* Abandono de algunas o de todas las materias.
* Déficit importante en los aprendizajes básicos.
* Falta de implicación y colaboración familiar.
* Ratios elevadas en los grupos que integran a  alumnos con NEAE (Necesidades Educativas y de Aprendizaje Especiales).

Los problemas de convivencia, pese a no ser graves en general, sí eran frecuentes tanto dentro del centro como en su entorno inmediato. Con diferencia, la mayor parte de las incidencias se producían entre el alumnado de primer ciclo, siendo la agresión tanto física como psicológica entre iguales, la falta de motivación y compromiso del alumnado y la ausencia de respaldo familiar, los factores que generaban numerosos conflictos, que se  reiteraban y terminaban, en muchas ocasiones, con la expulsión temporal del alumno.   

La escasa implicación de un amplio sector de padres y madres en el proceso educativo de sus hijos, se manifestaba en:  
* Falta de respuesta a las informaciones y convocatorias del centro
* Falta de respuesta a las citas del  tutor para tratar cuestiones relativas al  rendimiento académico y/o problemas de disciplina.
* Sobreprotección al hijo o la hija ante un conflicto con algún profesor o con algún compañero.
* Justificación de ausencias injustificables de sus hijos.
* Reducidísima participación en las actividades programadas para padres y madres, tanto desde el Departamento de Orientación como desde la propia AMPA.


Ø    Análisis para la fundamentación de una propuesta de trabajo.

La institución educativa está inevitablemente determinada por los discursos sociales de su época. Así, a los centros de enseñanza hace tiempo que han llegado las exigencias de la modernidad, exigencias que se manifiestan, entre otras cosas, en:
- La multiplicación de reglamentos y protocolos que borran de la experiencia lo no previsible.
- Una tendencia a la homogeneización en el diagnóstico de los problemas.
- La precipitación a dar respuestas inmediatas, a  querer comprender con demasiada prisa situaciones muy complejas, lo que revierte en una supresión del tiempo para el análisis de los conflictos.

Sin embargo, el malestar docente no es sólo producto de las coordenadas culturales actuales, hay algo intrínseco a la función de educar, que ya ha sido tratado por diversos autores.  

 Son especialmente sugerentes las reflexiones de Hegel, quien plantea (Filosofía del Derecho, 1821): “La violencia pedagógica (…) aparece realmente en primer plano y no como resultado de otra violencia” Es decir, que la educación se sostiene en una violencia estructural que no es una respuesta, sino una condición de ingreso en la cultura. Es una violencia inherente a la función civilizadora por la que todo sujeto debe entrar en un mundo simbólico que lo pre-existe. Desde esta perspectiva, el aprendizaje debe ligar los esquemas evolutivos potenciales que hay en cada sujeto, con los intercambios con aquellos “otros” significativos que le permiten alcanzarlos solo cuando se dan determinadas condiciones.

Algunos autores hablan del “vínculo educativo” para nombrar de un  modo más cercano al contexto de la educación lo que en psicoanálisis se denomina relación de transferencia (término que proviene de la clínica). En cualquier caso, la idea es hacer hincapié en que en la relación que se establece entre el profesor y el alumno  se reciben y aportan, “se transfieren”, no sólo conocimientos, sino afectos, que van desde la más tierna entrega hasta la más terca hostilidad. Los fenómenos psíquicos puestos en juego en la relación de enseñanza- aprendizaje son indisociables de la historia de cada sujeto y se actualizan en el contexto educativo particular.

El docente transmite sus deseos, temores y esperanzas, su pertenencia, su conocimiento y lo que es su relación con la institución. Y, por otro lado,  se propone a los alumnos como agente de una transmisión diferente a la de los padres y les ofrece  un lugar para ocupar.

Este ofrecimiento implica el ejercicio de una  función de des-ocupación del lugar del saber sobre el alumno[1], una apertura que le permite esperar algo distinto a un destino fijado ya en la trayectoria personal y académica de ambos.

El docente puede responder a lo imprevisto, a lo novedoso de la experiencia, si no queda atrapado en la necesidad de obtener resultados inmediatos y resiste la incomodidad de ser el depositario de esta multiplicidad de afectos,  que en muchas ocasiones son fuente de conflicto y malestar.



Ø    La propuesta de trabajo

Nuestra propuesta tenía como objetivo generar un dispositivo para la  circulación de la palabra. En las sesiones, mediante asociación libre, sin contenidos preestablecidos, los participantes hablaban espontáneamente de sus preocupaciones sobre el quehacer diario y en cada sesión se trabajaban algunas de las preguntas que se suscitaban.

Se construyó así  un espacio compartido en el que el relato de la práctica permitía su elaboración y, con ello,  la transformación en  experiencia, pues este  momento posterior a la acción hace posible pensar en los efectos de la misma.

Promover y sostener  esta función  a la que hemos denominado de “des-ocupación del saber”[ii], por la cual se hace énfasis en el hecho de que ningún componente del grupo da respuestas “ya sabidas” sobre  cómo los demás deben actuar, era una de las principales tareas de la coordinación. Se trataba de no buscar recetas sino  de poder tomarse el tiempo necesario para producir un trabajo en el que, partiendo de las diferencias de criterio y de recorrido de los docentes, a través de la escucha, se produjese una elaboración compartida.  


Ø    Desarrollo de la experiencia

Esta práctica de dejar en suspensión el supuesto saber frente a los problemas (uno de los aportes fundamentales del método psicoanalítico) produjo bastante desconcierto entre los participantes y así lo manifestaron en la evaluación realizada tras el primer curso en el que se desarrolló la actividad.

Los docentes no estaban acostumbrados a hablar espontáneamente de los conflictos sin caer en la queja y desconocían cómo desde esta vía de exploración, podían llegar a surgir nuevos modos de nombrar la práctica, nuevas construcciones, que les permitirían despegarse de ciertos estándares y prejuicios para pensar en las situaciones sin precipitar las conclusiones.

Así, tras este periodo de incertidumbre, los participantes manifestaron su satisfacción al encontrar en esta modalidad de trabajo nuevas posibilidades de abordar los problemas de forma participativa y creativa, sin temor a la descalificación de los colegas, cuestión que cuidé especialmente como coordinadora.


En relación con los temas surgidos y el modo de desarrollarse de los mismos, tanto en el primer año como en el segundo, en las sesiones se comenzaba tratando las dificultades que tenían los docentes con los alumnos y sus familias para, finalmente, derivar en las dificultades del equipo docente para organizar su trabajo en torno a las reglas acordadas entre ellos.


En relación con los alumnos, los que mayor esfuerzo requerían de los profesores eran aquellos que violentaban las normas y cuestionaban su autoridad. Aquí pudimos hacer una distinción entre:

- Por un lado, los jóvenes cuyas dificultades personales les impedían tanto un rendimiento académico adecuado como una adaptación a las reglas  de la institución escolar. Muchos de éstos pertenecían a  familias con graves problemas sociales, conocidas por el entorno y los propios docentes, quienes ya habían trabajado con otros miembros de dichas familias.

-Y por otro, aquellos que parecían sostener su vínculo educativo en la confrontación y el cuestionamiento de la autoridad y que, a juicio de los profesores, parecían buscar que se les expulsase del centro.


Respecto a esto, se pudo analizar la pertinencia de hacer un tratamiento diferenciado de esta casuística, dado que la posición subjetiva del alumno requería estrategias diferentes.

Se puso además en evidencia la escasez de mecanismos de  intermediación ante estos conflictos, frente a los que se planteaba una polarización de respuestas: permisividad o expulsión Esta polarización, en la mayoría de los casos, lejos de aportar soluciones a los problemas, llevaba la acción educativa a un callejón sin salida.
Pues, si la confrontación solo es tratada desde una perspectiva simétrica (en un “o tú o yo”), sin atravesar la complejidad de las cuestiones puestas en juego, la expulsión del centro queda como único recurso. Con ello, lejos de poder aportar estrategias para integrar lo que “no funciona” según las normas, en la medida en que puede ser tomado como una manifestación particular del modo en  el que algunos jóvenes transitan por determinadas situaciones la manera se refuerzan los mecanismos de segregación social que dichos jóvenes actúan y repiten en esta dinámica de confrontación con  las reglas de la institución escolar.


Tras este escenario de conflictividad, aparecieron también  alumnos “invisibles”, entendiendo por tales, aquellos que no molestaban y no se echaban de menos ni cuando faltaban. Se sorprendieron los participantes frente al efecto que en algunos de estos jóvenes produjo el hecho de que, a partir de poder hablar de ellos, algunos de los profesores comenzasen a  interesare, a preguntarles por su situación y el motivo de sus ausencias.

En todos estos supuestos,  los docentes reflejaban la dificultad que suponía abordar toda esta problemática sin la colaboración familiar.
Era muy frecuente que la familia no respondiese a las convocatorias de reunión propuestas o que mostrasen su desacuerdo con los objetivos y/o las estrategias propuestas desde la institución escolar.

Por otro lado, en el análisis de situaciones problemáticas se fueron detectando las fallas de lo que podemos denominar el “cuerpo docente”;

-       Poca coordinación en las respuestas
-       Falta de espacios de trabajo conjunto
-       E insuficiente seguimiento del cumplimiento de los acuerdos a los que habían llegado,

Ante estas fallas del trabajo de equipo, en el mejor de los casos, se  producían respuestas individualizadas a situaciones institucionales muy complejas, lo que tenía como consecuencia el sentimiento de impotencia y desolación de los educadores. También eran frecuentes los conflictos entre compañeros, la dejadez en el trabajo y las  descalificaciones.

Observamos como el profesorado y demás personas que componían la institución educativa requerían sentirse incluidos, es decir, formando parte de un equipo.

Comprobamos cómo construir una estrategia común,  les ayudaba a  sostenerse en su función docente, ya que, para cada caso, se podían definir y adaptar los límites de la intervención. Esto implicaba poder llegar a acuerdos sobre lo posible y lo imposible a realizar en cada situación,   reduciendo el sentimiento de impotencia y la angustia que llevaba a la dejadez o a una alta conflictividad entre compañeros. Ya que hay realidades ante las que sólo se pueden dar respuestas parciales.

Así en esta experiencia se vivieron momentos de “recomposición”, de cohesión entre los participantes, mostrándose como el “cuerpo docente” se puede membrar y desmembrar en función de las relaciones que se den en el equipo de trabajo.


Ø    Para concluir.

Esta es una propuesta posible, a las que podrán sumarse otras, que permitan recuperar la acción docente como experiencia de colaboración transmisible.

El conflicto inherente a cualquier relación humana puede ser trabajado con la especificidad con la que se manifiesta en las instituciones educativas. Ya que todo espacio humano tiene “fisuras” y tal vez las necesite para reconfigurarse continuamente. Aunque esto nos cuestione y nos produzca malestar, forma parte del trabajo que requiere la función del docente.


1.       Hacemos referencia aquí a la elaboración desarrollada por Roque Hernández en diferentes trabajos sobre esta operación simbólica que supone una ausencia formal que deja “un espacio disponible, habitable, del que uno se puede servir”





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