Eva Van Morlegan. Psicóloga.
Psicoanalista. Supervisora y formadora de tutores de Escuelas Infantiles y de
instituto.
Resumen
La autora nos presentó en su
ponencia como realiza la tarea de supervisión y formación de los tutores de
escuelas infantiles en las que trabaja.
Comienza su trabajo con una
observación participante en los espacios de actividad de los niños, y argumenta
que cuando uno hace una observación tiene un esquema conceptual en la cabeza
que da sentido a la observación. En su caso, la teoría y práctica del
psicoanálisis, es lo que orienta su observación.
Plantea la actividad de
claustro como un espacio destinado a la palabra donde poder elaborar los
conflictos y situaciones que dificultan la labor del educador. Y también como
un lugar de formación teórica que les provee las herramientas necesarias
(conceptuales y prácticas) para realizar la labor de acompañar al niño en su
crecimiento.
A largo de su exposición – a
través de diversas situaciones acontecidas en su práctica- nos transmite como
ésta forma de trabajo va produciendo una transformación en el trato de los
tutores hacia los niños más allá de los casos concretos tratados. Es decir, no
son fórmulas concretas las que surgen de éstos claustros sino una
transformación en el hacer cotidiano de los tutores.
Y destaca la relevancia de
esta modalidad de trabajo como instrumento para la transformación del vínculo
educativo a través de situaciones acontecidas en su lugar de trabajo.
SUPERVISIÓN DE ESCUELAS INFANTILES
Eva Van Morlegan. Psicóloga.
Psicoanalista. Supervisora y formadora de tutores de Escuelas Infantiles y de
instituto.
Les voy a hablar de una
experiencia que estoy desarrollando desde hace varios años en escuelas
infantiles. Asisto un día por mes a cada una de ellas –son 7 escuelas- de 9 a 18h.
Aunque mi actividad
profesional estaba centrada en la clínica privada y en la enseñanza del
psicoanálisis la propuesta de retomar el trabajo en el ámbito educativo
despertó en mi gran interés. Pero la pregunta que me surgía era: ¿Cómo trabajar
supervisando una escuela infantil?
El haber sido maestra de
preescolar en Argentina fue un apoyo a la hora de pensar qué podía aportar -ahora como psicoanalista - al trabajo en las
escuelas infantiles.
Dos citas, una de Freud y
otra de Doltó, me ayudaron a pensar la perspectiva desde la cual desarrollar mi
trabajo de supervisión en las escuelas infantiles.
Freud [1]
reflexiona: “Si pensamos en los difíciles problemas que al educador se le plantean:
descubrir la peculiaridad constitucional del niño; adivinar, guiándose por
signos apenas perceptibles, lo que se desarrolla en su vida anímica; otorgarle
la justa medida de cariño y conservar, sin embargo, autoridad eficaz. Si
pensamos en todos estos difíciles problemas, habremos de reconocer que la
preparación adecuada para la profesión de educador es una preparación
psicoanalítica fundamental…..” Es decir tratar a cada niño como un sujeto
único y particular, saber en que momento de constitución se encuentra y tener
un trato cariñoso con el niño manteniendo la autoridad. Menuda tarea!!!! Esto
en cuanto a la tarea del profesor.
Françoise Dolto en el
prólogo del libro de Maud Mannoni “La primera entrevista con el psicoanalista”;
postula que la escuela tiene que ser un lugar que ayude al niño en su
autonomía, a poner en juego su deseo y a responsabilizarse de sus elecciones.
Pero por sobre todo destaca que es preciso tener en cuenta el inconsciente en
la educación de los niños.
Con el descubrimiento de la
sexualidad infantil Freud pone de relieve el conflicto al que el niño se
enfrenta en el proceso de educación. Conflicto entre la libre expresión de sus
impulsos libidinales y la limitación que le impone la integración en el mundo
de la cultura. También destaca, en el “El malestar en la cultura”, el carácter
ineducable de la pulsión, y precisamente esto es lo que hace fracasar el ideal
cultural, e interroga al ideal educativo.
Entonces ¿cuál es la
educación posible? Freud nos dice “la educación tiene que encontrar un
equilibrio entre el dejar hacer y la frustración”.
Les voy a contar como se
desarrolla mi jornada en una escuela:
Por la mañana hago un
trabajo de observación en las aulas, patio y comedor. Al mediodía me reúno con
la directora para comentar cuestiones que hayan sucedido en el transcurso del
mes, temas del equipo; y, cuando se van los niños, hacemos el claustro en el
que participan los tutores, los apoyos y la directora.
Fui haciendo una entrada
“tranquila” en las escuelas, para ir integrándome paso a paso en la actividad a
través de una observación “participante”, sin interferir en las actividades y
labores habituales de las tutoras.
De este modo fui viendo:
- Desorientación y conflicto
de las educadoras frente a ciertas dificultades de los niños, síntomas que
recibían una etiqueta como nombre y recetas aprendidas para intentar
solventarlos, dificultades que se acrecentaban con los niños más pequeños por
la falta o escasez de lenguaje hablado. Por ej una costumbre muy extendida cuando
un niño “se portaba mal”, era mandarlo al rincón de pensar??? Eso es suponerle
mucho a un niño que la mayoría de las veces no ha accedido aún al lenguaje y
que no cuenta con los elementos para poder pensar. Yo a modo de broma, les
decía a las tutoras, es como si nos dijeran a nosotros que ahora tenemos que
pensar en alemán y no conocemos la lengua!!
- También pude notar las
dificultades particulares de cada tutor con determinados niños, o ante
determinado problema de los niños, por ej
la contención de la agresividad. Así mismo la dificultad que tenían en
la relación con los padres.
- Observé también que se
daban conflictos entre ellos por la competencia o desentendimiento, cuestión
que se manifestaba en la formación de subgrupos dentro del equipo.
Ahora bien, cuando uno hace
un trabajo de observación, observa desde algún lugar, quiero decir que uno
tiene un esquema conceptual en la cabeza que da un sentido a la observación. En
mi caso es la teoría y la práctica del psicoanálisis la que orientan mi observación.
Practico lo que los
antropólogos llaman observación participante. No creo en la observación
objetiva y mucho menos en la escuela, ya que desde el momento que entro en el
aula es imposible que mi presencia pase desapercibida; además el interactuar
con los niños me da mucha información -digamos “de 1ª mano”- sobre ellos.
¿Dónde realizo esta
observación participante?
En las aulas, en el comedor,
en el patio: por ejemplo, en el aula de 0-1 suelo sentarme con los bebés que
están en una colchoneta frente a una pared que tiene un espejo, así observo la
relación que el niño establece con su imagen, si me busca con la mirada lo
nombro, ya que es el momento que el niño comienza a constituir su yo a través
del reconocimiento de su propia imagen en el espejo. En términos
psicoanalíticos observo como el niño comienza a transitar por lo que llamamos
el Estadío del Espejo. También juego al cucu-trás, a esconderse y reaparecer,
lo cual da cuenta del descubrimiento del niño de que su madre como objeto de
amor es separable y en consecuencia perdible. Porque la separación del cuerpo
materno comienza con el nacimiento pero el niño tiene que pasar por una serie
de separaciones para poder constituirse en un ser autónomo.
¿Es esta la única forma de
observación que realizo?
No, también realizo una
observación no participante prestando especial atención a la relación entre la
maestra y los niños, de los niños con la maestra y de los niños entre ellos.
Soy muy prudente a la hora de intervenir en el aula, lo hago excepcionalmente,
cuando un niño se angustia y la maestra no interviene. Por ej. un día entré en
el comedor y vi que un niño de 2 años estaba llorando con angustia; me di
cuenta que tenía el baby pasado por el respaldo de la silla lo que le impedía
moverse. Inmediatamente alcé al niño y lo consolé. Luego retomé el tema en el
claustro planteando una serie de preguntas y debatimos sobre lo que había
pasado. De este modo afloraron muchas cuestiones, la primera fue la necesidad
de hablar de lo que había sucedido en el comedor, ¿por qué el niño estaba
sentado de esa manera? La tutora dijo que se trataba de un niño muy llorón y
que nunca quería estar quieto, que él se había enredado solo en la silla y que
ella no lo vio porque estaba ocupada con
otro niño. Esto nos llevó a hablar de no etiquetar a los niños, de la necesidad
de distinguir un llanto de angustia de un llanto por una rabieta, de cómo
funcionan los límites…
Esta forma de trabajo va
produciendo una transformación en el trato de los tutores hacia los niños más allá
de los casos concretos tratados. Digo, no son fórmulas concretas las que surgen
de éstos claustros sino una transformación en el hacer cotidiano de los
tutores.
La actividad de claustro que yo promuevo está
orientada a que sea un espacio donde se
intercambien y discutan situaciones acontecidas, se reflexionen y analicen los
problemas, se intercambien experiencias, es sobre todo un espacio destinado a
la palabra para poder elaborar los conflictos y situaciones que dificultan la
labor del educador. Y también es un lugar de formación teórica que les provee
las herramientas necesarias (conceptuales y prácticas) para realizar la labor
de acompañar al niño en su crecimiento.
Para entrar de lleno en
aspectos concretos de mi trabajo les voy a hablar en primer lugar del trabajo
con los tutores y con el equipo, en segundo lugar del trabajo con los niños y
el tercer lugar del trabajo con los padres.
1) El trabajo con los tutores y con el equipo
Educar es una tarea muy
complicada, sobre todo en los primeros años de vida del niño. El niño no solo
aprende por lo que le decimos, aprende fundamentalmente de lo que nosotros
hacemos, es decir por identificación.
En el niño las primeras
identificaciones, estas transmisiones de una manera de hacer con las cosas,
acontecen principalmente en la familia, pero también el maestro es una figura
especialmente significativa al estar en un lugar de formación privilegiado.
Esto no quiere decir que los
maestros deban ser personas “ideales” caminando por el mundo, porque eso es imposible.
Y precisamente porque sabemos que es imposible tenemos que buscar espacios de
trabajo para pensar sobre la práctica, poder ver lo implicados que estamos en
ella, y también para tratar de encontrar un “saber hacer” que haga coherente el
actuar con el educar.
La labor esencial del
educador infantil es ser una figura de sostén que acompañe al niño en el camino
de la constitución subjetiva.
Un parte importante del
trabajo con los maestros consiste en transmitir algunos conocimientos que son
necesarios cuando estamos trabajando con niños que están en un momento tan
importante de construcción de su subjetividad, de construcción del mundo. Pero,
¿cómo transmitir lo necesario en el momento oportuno para que los tutores
puedan incorporar estos conocimientos en su práctica?
Evidentemente no se trataba
de dar clases de psicoanálisis, pero el psicoanálisis puede aportar elementos
para encontrar salidas a determinadas situaciones que se plantean en el aula y
ante las cuales los tutores encontraban problemas para actuar. Así -en los
claustros a partir del relato de estas situaciones- fuimos trabajando sobre la
constitución subjetiva del niño para proveerlos de elementos que facilitaran
sus intervenciones en el aula.
Constatamos que tutores, con
una excelente formación pedagógica, se agobian frente a determinadas
situaciones que no pueden manejar debido a la falta de conocimiento sobre la
cuestión subjetiva.
Tampoco les es fácil a los
tutores pensar los obstáculos que encuentran para poder situarse como educadores
a la hora de responder.
Así, un día, escucho a una
tutora decir con angustia que un niño la odia, que hace todo lo contrario de lo
que ella le pide; u otra que comenta que Alejandro le revoluciona la clase, que
distrae a los que siguen la actividad y que está en contra de ella. Ambas
explican que han empleado todos los recursos para que el niño cambiara su
comportamiento; y es totalmente cierto, lo que ellas no habían podido cambiar
era su posición de entrampamiento imaginario en la situación. Es decir, no
podían salir del enfado, efecto de la impotencia que sentían al no poder
cambiar la situación.
El concepto psicoanalítico
de transferencia me pareció muy apropiado para pensar estas situaciones. La
transferencia es un concepto que requeriría un largo desarrollo para
explicarlo, pero para poder transmitirles la idea, voy a tomar la transferencia
en su relación con la repetición. Freud nos dice, en un trabajo que se llama
“Recuerdo, repetición y elaboración” que todo lo que el analizante no recuerda
de los sucesos correspondientes a épocas muy tempranas de la infancia, se
repite en la relación con el analista, es decir, no lo recuerda, lo vive de
nuevo en la relación transferencial con el analista. Con lo cual, los analistas
sabemos que el odio, el amor, la rebeldía o el sometimiento, no es con nosotros
sino con el lugar que nosotros representamos. En este caso, el maestro cae en
el lugar de ser el sustituto de los padres en tanto es el representante de la
autoridad y el niño con su comportamiento se rebela contra la autoridad que el
maestro representa, no contra su persona.
Hay que tener las ideas muy
claras y mucho apoyo para no caer en la transferencia imaginaria, es decir, no
se trata de juzgar al niño ni pensar que su comportamiento es contra la tutora,
se trata de hacer ver al niño las consecuencias de su acto sin culpabilizarlo.
Es frecuente que las
tutoras, cuando un niño hace un síntoma en la escuela, se sientan cuestionadas
en su trabajo, en su narcisismo docente, lo cual les genera angustia, que -por
supuesto- se llevan a casa. Esto también aparece en los claustros y la
tendencia general es tratar de buscar la dificultad en los otros, papel que en
general ocupan los padres.
Pero más allá de las
circunstancia concretas del niño es muy importante poder interrogarse sobre su
sentirse cuestionada, ¿por qué o por quién te sientes cuestionada? La mayoría
de las veces es uno mismo quien se cuestiona y no en un sentido productivo.
Poder verbalizarlo y comentarlo entre todos permite que la tutora pueda
elaborar lo que le pasa y cambiar su posición frente a la situación.
Recuerdo el caso de una
tutora que estaba muy preocupada porque una niña no comía, ella ya no sabía que
hacer, y al hablar de su preocupación comentaba que la madre de la niña estaba
muy angustiada porque el pediatra le había dicho que la niña no entraba en el
percentil correspondiente a su edad, motivo por el cual todos los días, cuando
venía a buscarla, preguntaba ¿Cuánto ha comido hoy? y lo hacía delante de la
niña. Señalé que la tutora se estaba haciendo cargo de la angustia de la madre
y ella pudo hablar que vivía como una exigencia el momento de la comida. Nos
planteamos que le dijera a la madre que no era bueno para la niña que ella
preguntara todos los días por la comida, que calmara su ansiedad, que ya lo
llevaba escrito en la agenda. Poco a poco la dificultad con la comida fue
cediendo.
No es fácil hablar con los
padres sobre sus hijos. Es muy importante que nuestras intervenciones no caigan
del lado superyoico, culpabilizador, sino que con nuestras palabras podamos
introducir a un tercero. ¿Por qué? Porque al introducir al tercero se evita
caer en enfrentamientos imaginarios y se reintroduce algo del orden de la ley
simbólica que puede ordenar la situación.
La mayoría de las cuestiones
que van surgiendo a lo largo de los claustros se relacionan con temas
centrales, temas sobre los que el psicoanálisis tiene mucho para aportar.
En el primer claustro del curso escolar
se habla principalmente de la adaptación del niño a la escuela. Para entender
lo que le está pasando al niño tenemos que hablar de la relación madre-hijo,
cómo el crecer es poder ir logrando
sucesivas separaciones de la dependencia materna, para lo cual la madre tiene
que poder aceptar el crecimiento del niño, momento éste en que la función
paterna es muy importante porque al incluirse en esa relación introduce una
distancia entre la madre y el niño.
Otro tema central que surge en los claustros es la cuestión de
la agresión en los niños, para lo cual considero necesario que las tutoras
puedan saber que la agresión es constitutiva de los seres humanos, que el
proceso de constitución del yo lleva implícito un montante de agresividad.
Por eso es importante saber
que le está pasando al niño, y también
como intervenir frente a la agresividad. No podemos afirmar que un niño es malo
porque pega, lo que si podemos decir es que no puede ponerse en el lugar del
otro. Él quiere lo que el otro tiene, y la agresividad se pone en juego, ya que
lo que el niño siente que le falta es lo que ve que el otro niño tiene. Esto lo
vemos cotidianamente en el aula, basta que un niño coja un juguete para que
otro lo quiera. Desde lo pedagógico se trata de que el niño pueda aprender a
esperar, a sustituir, para lo cual se le propone otro objeto como posible.
También tenemos en el juego
un gran aliado para que el niño pueda poner en acto sus impulsos destructivos,
que acompañados de algunas maneras de hacer del maestro puedan encontrar un
cauce más adecuado para su expresión.
Enlazado con esto tenemos el
tema de los límites, tema complejo porque poner un límite es distinto de
imponerse ejerciendo un poder. Hay una diferencia muy importante, que es la
diferencia entre una experiencia por parte del niño de sometimiento y
resignación ante algo que se le impone, o una experiencia que le va a permitir
establecer una relación con la tutora en la que se ha sentido escuchado, no
solo limitado. Esto le permitirá establecer una relación de confianza, ya que
el niño ha sentido que allí hay un adulto que le da un lugar.
Nunca hay que humillar al
niño y ejercer nuestro poder con él, ni nuestra fuerza física, ni devolverle lo
que él ha hecho, por ej a un niño que muerde, morderlo para que vea como duele.
Esto no enseña, somete, lo cual puede llevar a un niño a la inhibición en su
expresión y en su personalidad o generarle desconfianza en los adultos.
¿Como hacer en la práctica
con los límites?
¿Se puede poner un límite
sin mostrarse limitado en el hacer? Por ejemplo: ¿una madre que come
ansiosamente puede poner un límite a su hijo en la comida? ¿Una tutora que
grita le puede decir a un niño que no lo haga?
Quiero decir con esto que es
cierto que los padres y tutores tienen que poner límites a los niños, pero no
solo con las prohibiciones que enuncian: “no comas tanto” -para seguir con el
ejemplo- sino que tienen que sostener su palabra con su hacer, con sus actos.
Esto no implica que los padres o tutores tengan que ser perfectos, Doltó dice
que cuando uno tiene una reacción brusca
con el niño es importante poner palabras, incluso poder reírse de la situación.
Pero no todo fueron rosas y
facilidades en mi trabajo con los equipos. Con frecuencia me encontré con
fuertes resistencias en los tutores, ya que cuestionar su manera de actuar
frente a una situación concreta hace que se sientan cuestionados en la
totalidad de su ser. También al principio se sentían “vigilados” por mi
presencia.
Tampoco podemos olvidar que
hablar de lo que le pasa a los niños en relación con su familia hace que
algunos tutores se sientan afectados personalmente por los temas tratados.
Una manera de aparición de
la resistencia en el equipo es la reacción en bloque por ej cuestionando mi
trabajo, que no les digo lo que tienen que hacer con los niños, que no les doy
una solución rápida que no les cuestione.
Esta aparición de la
resistencia en el grupo bajo la forma de la reacción en bloque también se puede
manifestar en la relación con la directora o bien en la relación que mantienen
entre si los tutores. Otra manera en que la resistencia se manifiesta en el
claustro es en la dificultad para escucharse entre ellos.
No es fácil ni rápido romper
este modo de funcionamiento, pero salir de esta modalidad trae como efecto una
mejor relación entre los miembros del equipo y una revitalización del trabajo.
2- Ahora vamos a hablar del
trabajo con los niños
Hay un aspecto de este
trabajo que tiene una relevancia particular, y
es la detección temprana de niños que presentan indicios de dificultades
en la construcción de la subjetividad.
No se trata de clasificar a
los niños, ni de etiquetarlos. Desde el psicoanálisis no hacemos un diagnóstico
clasificatorio como podría ser el DSM, (prueba diagnóstica que usan los
psiquiatras) que encasilla a los niños en diagnósticos tales como (TGD),
trastornos generalizados del desarrollo, (ADHD) niños hiperactivos con o sin
déficit de atención; los (TOC) trastornos obsesivo-compulsivos, etc. etiquetas
que parecen ir hallando así un lugar y una explicación a las dificultades de
los niños.
Desde el psicoanálisis
hacemos un diagnóstico centrado en el trabajo de subjetivación que se está
desarrollando y en sus eventuales detenciones o regresiones. ¿Qué quiere decir
esto? Que al psicoanálisis no le interesa ponerle nombres a lo que al niño le
pasa, sino que nos provee de elementos para poder entender en qué momento el
niño se encuentra en su proceso de estructuración psíquica, ya que nosotros
trabajamos con niños en los que su cabecita está en construcción.
Los niños hacen síntomas de
todo tipo, con la comida, con el sueño, con el control de esfínteres, con el
hablar, etc; a veces el síntoma es en casa y en la escuela no, otras veces es a
la inversa, y otras el síntoma se manifiesta tanto en casa como en la escuela.
Por otro lado, todos sabemos
que hay síntomas que gritan por ej. el niño que muerde a todos sus compañeros;
pero también hay síntomas que callan y que quedan ocultos, por ej. niños
tímidos, que no se relacionan con sus compañeros pero que no se hacen notar.
También hay síntomas que son evidentes aunque no puedan ser reconocidos, y por
ello no se sabe como actuar.
Un ejemplo de esto último
fue el caso de Carlos, un niño que presentaba un retraso evidente en las
adquisiciones propias de su edad, en ese momento tenía 2 años y -pese a que era
el mayor del grupo al que pertenecía- era el que más retrasado iba en todos los
aspectos. A medida que avanzaba el curso lo íbamos observando, y todo el equipo
estaba de acuerdo en que el niño tenía un problema y los padres hacían como si
no le pasara nada.
A la tutora le resultaba muy
complicado salir del enfado que le producía la negación de los padres. Hablamos
mucho en los claustros para ver cómo podíamos hacer para que estos padres
pudieran escuchar que su hijo tenía dificultades en el desarrollo. En un
proceso que duró 14 meses, la maestra realizó varias entrevistas con ellos
tratando de ayudarles a elaborar la situación.
También fuimos articulando
modalidades de intervención y actividades para ayudar al niño a salir de la
detención en que se encontraba. Poco a poco Carlos comenzó a moverse
trasladándose sentado, luego poniéndose de pie, a los 18 meses a caminar, a comer solo y también a decir sus
primeras palabras.
Fue muy gratificante para el
equipo ver los avances de Carlos que desde hacía un tiempo estaba fascinado con
su imagen en el espejo.
En la penúltima tutoría los
padres comentaron que habían llevado a Carlos a revisión médica, en la que le
realizaron un cariotipo, y habían descartado cualquier patología de origen
genético. A partir de aquí, prima la hipótesis de que se trataba de un niño que
ponía en evidencia una importante patología familiar y se decidió, tras un
trabajo con la tutora y la directora, proponer una entrevista con la familia
para hacer la derivación al equipo de atención temprana.
En la entrevista para hacer
la derivación, los padres pudieron expresar que tras la última reunión de
padres, al ver el video que mostraba como transcurría un día en la escuela, -no
era la primera vez que veían un video del niño en la escuela- se habían dado
cuenta de que su hijo mostraba un claro déficit en relación a sus compañeros de
clase. Ante esta situación aceptan hacer la consulta con el Equipo de Atención
Temprana y pudieron transformar su relación con las tutoras en una relación de
confianza y colaboración.
Intervenciones con los niños
Nuestras intervenciones con
los niños se dirigen a poner palabras, a nombrar lo que les pasa, trabajamos
sus dificultades a través del juego, de las actividades, siempre acompañadas de
palabras. Les voy a ilustrar esta manera de intervenir con dos situaciones
concretas, la de Pablo y la de Gonzalo.
Pablo tiene 2 años y 2
meses, es un niño físicamente muy pequeñito que tanto en casa como en la
escuela, tiene problemas con la comida, suponemos que en casa le siguen dando
el biberón. Pablo no es que se negara a
comer, sino que en el momento de llegar a la mesa del comedor se quedaba
dormido y no porque estuviese cansado: la única manera que tenía de enfrentarse
a ese momento era ausentándose a través del dormir. La tutora muy preocupada me
preguntó que podíamos hacer, ya que lo que las maestras hacían solo aumentaba
la angustia del niño. Las tutoras habían probado negociar con él, ayudarlo para
que coma, aceptar que no comiera pero diciéndole que comer era importante para
poder crecer y ser un niño fuerte, pero nada se había logrado.
Aunque no sabía muy bien que
hacer, sí pensaba que no se trataba ni de insistirle para que comiese, ni de
hablar directamente del tema de la comida con él porque eso lo llevaría a
ausentarse de la situación. Entonces a la hora de la comida me senté en su mesa
y les propuse hacer un juego a todos los niños que estaban en esa mesa. El
juego consistía en que yo nombraba un animal, por ejemplo, la vaca y les
preguntaba si sabían qué comen las vacas; luego nombraba a algún niño de la
mesa y le decía ¿cómo come la vaca? y, por supuesto que encantado, daba un
bocado grande; luego nombraba a otro animal y a otro niño y así íbamos haciendo
la ronda. Ese día Pablo no sólo no se durmió, sino que comió el primer plato,
el segundo no, pero pidió el yogourt de postre. Luego me contaron las tutoras
que también merendó.
Más tarde en el claustro las
tutoras decían que parecía magia lo que había ocurrido. Entonces les propuse
que pensásemos qué había pasado para que Pablo hubiese podido comer. Pensamos
en varias posibilidades aunque creo que la intervención fue efectiva porque le
permitió a Pablo integrarse en el grupo a través del juego. Si me hubiese
dirigido a Pablo hablándole de su dificultad, como hasta entonces se había
hecho, no hubiera cambiado nada, al contrario le habría dado más consistencia a su síntoma del que no
podía escapar más que perdiendo la consciencia. En este caso el juego
funcionó como un espacio intermediario que le permitió comenzar a superar la
dificultad.
Evidentemente no creemos que
esta sea la solución de lo que le pasa a Pablo, para eso sería necesario hacer
un trabajo con los padres, pero aquí está nuestra castración, nuestro límite
como supervisoras. Pero sí creo que este juego ayudó al niño a salir del lugar del que “no come”, etiqueta que, dada
su reacción, se le hacía insoportable. También en el juego está la propuesta de
identificarse con un animal que es algo a lo que los niños suelen jugar. Y si
bien le sigue costando comer, la angustia parece haber cedido ya que no se le
hace necesario dormirse en la mesa.
Veamos el otro ejemplo.
Gonzalo, de 2 años, lloraba en el comedor porque quería el yogourt y la tutora
no se lo daba porque no había querido probar la comida. Intenté negociar con
él: le dije que le traía unos trocitos de hamburguesa –que era además una
comida que le gustaba- y que después se tomara el yogourt. Le llevé el plato y
lo rechazaba. Yo le dije, con lo contento que estabas hace un rato en el aula cantando
la canción de Cachirulo, y me puse a
cantarla. Una niña de la mesa de 2-3 años me dice: “está mal, el caballo no se
llama Cachirulo, se llama Pachirulo y la canción no es así”, entonces me doy la
vuelta y le pido que por favor la cante ya que yo no se bien la canción y me
equivoco. Comenzaron a cantarla varios
niños y cuando me volví a dar la vuelta
vi que Gonzalo estaba comiendo la hamburguesa y que me miraba con una enorme
sonrisa.
Parece que Gonzalo reclamaba
atención y tiempo para poder comer. Al
igual que Pablo, no es un tiempo exclusivo para él el que reclamaba, diría que
es un tiempo “inclusivo”, en tanto lo que hacían era un llamado de atención y
al sentirse incluidos en un juego, eso les permitió superar la dificultad que
parecía no tener salida.
Pienso que Gonzalo, que no
sabía negociar y que le costaba dar el brazo a torcer, necesitaba la
disposición de un tercero que mediara en la situación para ayudarle a salir de
la posición de enfrentamiento en la que estaba con su tutora.
El tiempo que requiere cada
niño no es tanto un tiempo en el aula o en el patio, sino un tiempo para poder
pensar y conocer a cada niño, esto es un trabajo fundamental para que las
intervenciones del tutor ayuden al niño con su problemática y que no provoquen
el efecto contrario que traerá como consecuencia el tener que ocupar un tiempo
mayor con el niño. No es tanto un tiempo cronológico el que requiere cada niño,
es un tiempo de reflexión que de lugar a pensar lo que le está ocurriendo, y
ese trabajo lo realizamos en el claustro.
Las intervenciones de las
tutoras con los niños son muy importantes y también es fundamental su
disposición para acoger lo que le está pasando al niño. Si un niño se aísla es
necesario que la tutora se pueda preguntar ¿como establecer una relación con el
niño que le posibilite la inclusión? Si un niño agrede, se tiene que preguntar,
¿Cómo ayudar a este niño para que pueda tramitar la agresividad de otro modo?
Es decir, tratar de darle un lugar al niño en el que pueda disfrutar, ayudándole
a salir del lugar en que él, con sus insuficientes recursos, se había colocado.
3 – El trabajo con los
padres
Agradezco vuestra atención y
vuestra paciencia y para terminar voy a hablar brevemente del trabajo con los
padres, ya que Pablo centrará su exposición en este tema.
Yo no trabajo directamente
con los padres, trabajo con las tutoras en los claustros cómo hacer una
entrevista con los padres -hemos elaborado un modelo de entrevista pautada para
obtener la información relevante de los niños-, cómo hablar con los padres,
cómo lograr una relación de colaboración con ellos. Porque aunque yo no vea a
los padres, como les he comentado, cuando trabajamos con niños tan pequeños es
necesario realizar un trabajo con los padres, pero no solo en situaciones extremas
como las que acabamos de comentar, sino de forma continuada, ya que son
momentos en los que se producen muchos cambios en la vida del niño y se hace
necesario actuar de manera coordinada: cambios en la alimentación, el sueño,
llega el momento del control de esfínteres, etc. Y frente a estas cuestiones es
fundamental tener una actitud coordinada entre padres y tutores para
facilitarle al niño esta nueva adquisición.
Un ejemplo que pone en
evidencia esta necesaria colaboración es una situación que comentaba una tutora
el otro día en un claustro. Había observado los problemas que tiene una niña de
2 años y medio, cuya madre, sin comentar nada en la escuela, había decidido
quitarle los pañales sin tener en cuenta la madurez psíquica de su hija. La niña
controlaba fisiológicamente el pis y la caca pero no podía sentarse ni en el
orinal ni en el water, por lo que había que ponerle el pañal cada vez que
quería hacer sus necesidades.
Esta situación tenía muy
preocupada a la maestra, que a la vez estaba un poco enfadada con los padres
porque no contaron con su opinión y colaboración para iniciar a la niña en el
control de esfínteres y ahora le venían a pedir ayuda para solucionar el
problema.
Trabajamos la situación con
la maestra para que pudiera solucionar su malestar y así facilitarle la entrada
en una relación de colaboración con los padres. También nos propusimos, a
través del recurso del juego, ayudar a la niña a superar sus miedos, por
ejemplo jugando con los muñecos que hacen pis después de tomar el biberón o los
juegos con agua en los que, trasvasando
agua, algo se pierde de un recipiente a otro pero podemos agregar más, etc. Y
así, en la repetición de estos juegos, acompañados de las palabras de la
maestra, la niña pudo ir elaborando algunas nociones como vaciar-llenar, qué es
de mi cuerpo y qué no es de mi cuerpo. De este modo se va dando lugar a que
pueda ir desapareciendo su temor a perder algo que ella toma como parte de su
propio cuerpo.
Es importantísimo lograr una
actitud de colaboración con los padres, y desde el primer momento. A veces
lograr la colaboración es complicado sobre todo con padres que se presentan con
un saber certero sobre como tienen que ser las cosas. Cada vez más nos
encontramos con padres que tienen mucha dificultad para limitar el goce. Y hoy
en día la llamada “Liga de la leche” no ayuda mucho en este sentido.
Pensamos que es importante
la lactancia y estamos a favor, pero el
argumento de dar el pecho a demanda hace que nos encontremos con gran
cantidad de madres que duermen con sus niños colgados del pecho, incluso niños
que tienen 8 meses y su única alimentación es el pecho, o niños que están por
cumplir los 3 años, que ya se iniciaron en el control de esfínteres y aún
siguen tomando el pecho. Estos niños tienen una gran dificultad para adaptarse
a la escuela, ya que no tienen horarios ni de comer, ni de dormir.
Otro tema importante es la
cuestión del colecho, tanto por los efectos que tiene en el niño como por la
dificultad por parte de los tutores de planteárselo a los padres. Pero
efectivamente sabemos que el colecho no es beneficioso para el niño, ni para la
pareja y hay mucha gente que no dimensiona esta cuestión. Tal vez no se trate
de dar prescripciones, pero si me parece importante poder hacer escuchar a algunos
padres cuestiones tan esenciales como que no es bueno para el niño dormir en la
cama con los padres. Y efectivamente no podemos trabajar con los padres para
que puedan ver porque tienen necesidad de tener al niño en la cama, pero si
podemos hacer surgir esa pregunta para que vayan a pensar la respuesta en el
lugar adecuado.
Para terminar quiero
destacar la relevancia de esta actividad dentro del campo educativo ya que la
experiencia práctica de supervisión en escuelas infantiles, desarrollada a lo
largo de los últimos años, ha ido demostrando
la eficacia de la escucha y la mirada psicoanalítica para acompañar a
los niños en el camino de la constitución subjetiva y para hacer posible la
transformación del vínculo educativo.
Los tutores me transmiten -tanto
a través de sus comentarios, como por su participación activa- que este es un
espacio interesante y necesario.
Como dice un proverbio
africano: “Para educar a un niño hace falta toda una tribu”. Pero a veces los
padres y profesores no se sienten parte de la misma tribu o tienen un conflicto
de autoridad sobre quien manda o quien tiene la razón. Intentemos reconstruir
la tribu para hacer crecer niños más libres, seguros y felices.
[1] Freud S. “Nuevas aportaciones al
Psicoanálisis”. “ XXXIV Conferencia: Aclaraciones, aplicaciones y
observaciones”. O.C. Tomo II Biblioteca Nueva 1968.

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